Mi colega tiene 32 años, está soltera. En los últimos tres años, perdió a sus padres.


Hereda una casa, más de 100 gramos de oro y 1.6 millones en ahorros.
Todos admiran esta fortuna, solo ella está sumida en una depresión severa.

Ella dice: “Antes pensaba que la presión de mis padres para casarme era una cadena, ahora entiendo que era la última cuerda que me ataba a este mundo. Cuando esa cuerda se rompe, no sé hacia dónde debo flotar.”

Esta es la cruel realidad que enfrentan las primeras generaciones de hijos únicos:
Disfrutamos del amor exclusivo, pero también debemos afrontar la despedida exclusiva.
Sin hermanos con quienes discutir, sin familiares cercanos que compartan el dolor.
Toda la ruptura, es silenciosa.

Esos 1.6 millones en ahorros no pueden comprar una llamada en la noche, ni una sopa caliente en la enfermedad.
Siempre nos preocupamos si los ahorros para la vejez serán suficientes, pero olvidamos preguntarnos:
Cuando “el hogar” solo quede en forma de un cascarón vacío, cuando esa persona que te amaba incondicionalmente desaparezca, ¿cómo enfrentaremos solos el resto de nuestra vida?

El verdadero crecimiento comienza en el momento en que ya no hay padres en los que confiar.
Esta “despoblación mental” colectiva está destinada a ser brutal.
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