Muchas personas, al enfrentarse a la injusticia, atribuyen el problema al “capital”, esta reacción proviene esencialmente de una intuición: bajo reglas aparentemente uniformes, los recursos continúan concentrándose en unos pocos, y este resultado es estable, repetitivo y difícil de responsabilizar a individuos específicos, por lo que las personas tienden a buscar un “sujeto responsable”. Pero esta comprensión es incorrecta, porque confunde un resultado estructural con un objeto moralizado. El verdadero capital no es un grupo o voluntad, sino un mecanismo estructural que, en condiciones de incertidumbre y escasez, organiza recursos, tiempo y riesgos para lograr una autoamplificación; en sí mismo no tiene atributos de bien o mal, sino que sigue lógicas de reproducción, expansión y eficiencia. El error de las personas radica en: personificar el capital, tomar el efecto de amplificación como causa, y considerar la experiencia local como explicación del todo, ignorando que lo que realmente amplía las diferencias son los grados de restricción que las instituciones, reglas y estructuras imponen a los “mecanismos de amplificación”. Por lo tanto, la sensación de injusticia no equivale a que el capital sea malvado, sino que es un resultado inevitable de la distribución generado por el funcionamiento del capital en una estructura dada; si solo se queda en atribuciones emocionales, se perderá la verdadera cuestión clave: cómo diseñar estructuras que puedan limitar los efectos de amplificación y prevenir que los riesgos y responsabilidades se descontrolen y transfieran.

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